Campaña de Mordheim, turno 2: Skavens vs Hermanas de Sigmar [Relato]

Las gélidas calles de la ciudad de los condenados guardaban un silencio sepulcral. Desde hace varios días las peleas entre bandas habían dado paso a una calma inusual. La lluvia lavaba lentamente la sangre de los adoquines. En la oscuridad de la noche, la hermana Bertha cerró la ventana de su celda. El sagrado templo permanecía intacto al caos de la ciudad. Sigmar las había bendecido y maldecido al resto de la ciudad. ¿Cómo si no se podía explicar la casi total destrucción de Mordheim y que su templo siguiera intacto? Pero era difícil permanecer ajenas a la destrucción y barbarie que experimentaba la ciudad. Manadas de mercenarios, violadores, ladrones, prostitutas y seres de extraña naturaleza no dejaban de llegar a diario. Cada vez les costaba mas mantener el convento intacto y esto requería dinero.

El pacto sellado días atrás seguía reverberando en su cabeza como un eco infinito. “Nunca confíes en nadie de Mordheim” le repitió una voz interior.

Las voces a coro de sus hermanas se filtraron por la puerta y rompieron el silencio de sus pensamientos. Bertha cogió la mochila y salió de su celda. Allí estaban sus cuatro hermanas en las que siempre había confiado.

– No es seguro – irrumpió la joven novicia. La matriarca, una corpulenta mujer de pelo canoso la fulminó con la mirada.

– Silencio, este templo no se mantiene solo. Sigmar está con nosotros-, respondió la matriarca.

Acto seguido el resto de hermanas se santiguaron. La matriarca ajustó las corazas de sus compañeras y le dio a cada una su arma. La última en ser revisada fue Bertha, la matriarca le susurró al oído – ¿Podemos confiar en esas ratas?

Bajaron las escaleras de piedra y llegaron al patio principal del templo. A continuación la matriarca dirigió la mirada al cielo. Las cuatro hermanas que la rodeaban se arrodillaron. Comenzaron a rezar bajo la lluvia.

Las puertas del convento se abrieron lentamente con un sonoro quejido de madera. Las cinco hermanas avanzaron por las lluviosas calles con paso firme en grupos de dos, con la matriarca liderando la formación. Su pesado metal emitía un marcial sonido rítmico que interrumpía el silencio de las calles. Se dirigieron hacia el norte de la ciudad, tal y como le habían indicado a Bertha hace unos días. Tras media hora de camino, llegaron a la gran plaza. Anteriormente próspera y plagada de soportales, la plaza se abrió ante sus ojos. Todavía quedaban los restos de los puestos de los mercaderes, ahora convertidos en decrépitas estructuras de madera podrida, decorada por carne, fruta y moscas. Una figura encapuchada esperaba en el centro de la plaza. La figura vestía un abrigo negro raído que le cubría todo el cuerpo. El color negro de su ropa le hacía casi imperceptible en la oscuridad. Bertha puso su mano sobre la madre superiora

– Iré yo.

La hermana Bertha se acercó con paso firme y el corazón latiendo a toda prisa hasta la figura. Cuando llegó hasta ella pudo notar un fuerte hedor a almizcle y humedad. Abrió la mochila para mostrársela al encapuchado. El brillo fluorescente iluminó el rostro del humano roedor. El skaven abrió sus ojos rojos y se quedó atónito. Los cuatro fragmentos de piedra bruja se reflejaron en sus pupilas. Volvió en si cuando Bertha cerró la mochila. El skaven al instante sacó una gran bolsa que hizo un pesado tintineo de monedas al moverla. Bertha miró a sus hermanas y asintió complacida. El intercambio de posesiones fue rápido.

Strangliven guardó la mochila con piedra bruja y Bertha hizo lo mismo. Un fugaz intercambio de miradas de desprecio dio la transacción por finalizada. A continuación Bertha se dirigió hacia sus hermanas.  A mitad de camino escuchó una risa aguda más animal que humana. Se quedó petrificada. Numerosos ojos rojos aparecieron en los soportales de la plaza. Los skaven salieron de su escondite.

-¡Malditas ratas! – Gritó la matriarca, mientras agarró a Bertha y tiró hacia ella. – Rápido, a cubierto.

El grupo de hermanas de Sigmar retrocedió con toda rapidez y se colocó detrás de un montón de cajas y barriles desvencijados. Los ojos que las observaban desde los soportales se fueron haciendo mas grandes. Estos dieron paso a las figuras de los skaven, armados con garrotes. Dieciocho soldados en total las observaron con rabia en sus ojos. Estaban totalmente rodeadas.

El intercambio de proyectiles no se hizo esperar. Los skaven armaron sus hondas rápidamente y apedrearon la improvisada fortificación de las hermanas. Gracias a sus armaduras, consiguieron que la primera ráfaga no las hiciera ni un rasguño. Bertha sonrió momentáneamente hasta que la matriarca la miró con severidad.

– ¡Ahora! – gritó la matriarca.

Las hermanas comenzaron a disparar aprovechando que los skaven estaban recargando sus hondas. Los primeros impactos llegaron a los cuerpos de los roedores. Los chillidos comenzaron a sonar en la plaza. Un soldado skaven fue impactado en la cabeza con una piedra y la sangre corrió por su cara. Este se dio la vuelta preparándose para huir de la batalla. Strangliven agarró al soldado del pescuezo y le chilló tan fuerte que heló al resto de soldados. Después le propinó un puñetazo que dejó al soldado tendido en el suelo en un charco. Eso le serviría de lección al resto de su banda. No podía permitir que las hermanas se fueran con su oro.

Tras varios intercambios de proyectiles, Strangliven decidió tomar la iniciativa. Ya tenía la piedra bruja pero quería su oro y no dejar a ninguna monja con vida. Hizo una señal a sus dos mejores guerreros.

Ambos armados con garras de combate y acompañados de cuatro soldados se lanzaron a pelear cuerpo a cuerpo. La matriarca apartó a la novicia y se puso en primera línea.  Los golpes comenzaron a sucederse. La lluvía mezcló el barro y la sangre en un encarnizado combate en el que los guerreros skaven menos experimentados cayeron ante el martillo de Sigmar. Un skaven agazapado entre los barriles se levantó al mismo tiempo en que la matriarca ayudaba a Bertha a ponerse en pie. La fría cuchilla entró en el vientre de la superiora. Su rostro de sorpresa y dolor contrastaba con la mueca del skaven. El cuerpo de la matriaca cayó al suelo al instante.

Bertha se lanzó sobre aquella rata y continúo el intercambio de golpes. Trataron de luchar, pero con su superiora herida, la moral no acompañaba. En ese momento las otras tres hermanas comenzaron a arrastrar a la superiora, quien escupía sangre por la boca en un esfuerzo de sobrevivir. Bertha quería seguir luchando, demostrar que podía enmendar su error, pero entonces entendió que era demasiado tarde. Tras parar un último golpe lanzó las monedas al centro de la plaza y huyó.

Strangliven sonrió satisfecho. “Nunca confíes en nadie de Mordheim” le repitió una voz interior.

Campaña Mordheim 2016, Turno 0 | Niebla en el cementerio

-No estábamos preparadas.

La voz era queda pero la novicia oyó la frase perfectamente. Por un momento, no supo si la Hermana Hildergard se dirigía a ella. Aunque estaban solas en la celda de la Hermana Superiora, la novicia sintió que ‘Grosse’ Hildegard hablaba para sí.

– No estábamos preparadas y nos ganaron por la mano.

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