La augur Noctiluca, que se había arrancado los ojos y los había arrojado al lago para ver con mayor claridad, despertó aquella madrugada sobresaltada por los vigorosos golpes con los que llamaban a su puerta.

Se sentó a los pies de la cama, bostezó y tanteó hasta encontrar el tabaco que había liado, previsora, la noche anterior. No le había dado tiempo a colgárselo de los labios cuando volvieron a reclamarla a trompazos. Una voz amortiguada se coló en la casita.

—La Dama os requiere tan pronto como sea posible. Necesita de vuestra visión.

Prendió el cigarro. Con la primera calada, columbró un asunto grave. Habrían esperado a que amaneciese si no lo fuese.

—¿Qué es lo que pasa?

—La Dama desea tener en cuenta vuestra pespectiva. Desconoce la naturaleza de cierto acontecimiento, acaso buen o mal augurio.

Silencio, otra calada y de nuevo desde el exterior:

—Hay tormenta en el páramo, y el viento sopla en nuestra dirección.

La bruja exhaló, el misterio resuelto.

—Mal augurio, pues.