EtiquetaLas penas del viejo Borlar

Una historia por entregas sobre las tribulaciones de Borlar Kedrantagüesos, un ogro oficinista que vive en una sociedad más o menos civilizada en la que cualquier cosa parece traer consigo cambios radicales que, por qué no, dan un poco de miedo.

Las penas del viejo Borlar: entrega 2

Entrega 1

VIERNES

Ese mismo viernes, mientras se ducha antes de desayunar, Borlar ve una luz al final del túnel de reflexiones deslavazadas que le colman el seso. El brillo de la idea le ciega. Le da miedo dirigirse hacia ella, por si en realidad es una tontería que, al prestarle atención, se convierte en una realidad. Intenta enterrarla bajo problemas mundanos pero, orgulloso como es, le jode pensar en sí mismo como un ogro que no puede enfrentarse a sus propios pensamientos. ¡Ni que fuesen materializarse, acero en mano, para acuchillarlo por haberlos concebido! Claudica ante sí mismo y por fin verbaliza el bulto que le oprime el encéfalo: lo que le preocupa tiene que ver con J’ailah, su hija mayor.

J’ailah lleva saliendo con una duendecilla del bosque casi seis meses, aunque al Clan se lo contó hace un par de semanas. No es que él esté en contra, por supuesto que no. A la madre, Ponzoñas Shurak, le parece bien. El resto de progenitores del Clan tampoco parece alarmado. Lo que pasa es que, se dice a sí mismo, él esperaba que saliese con otra ogra. Las hay malignas, brutales y oscuras como la que más a este lado del Río de Acero. ¿Por qué una duendecilla? No es que esté enfadado, ni decepcionado, simplemente no se lo esperaba. No está acostumbrado a las duendecillas, eso es todo. Los tiempos cambian. Habría sido peor que hubiese venido a casa con un trasgo, eso por descontado.

Ensimismado y casi sin proponérselo, Borlar llega puntual al tajo. Una vez sentado tarda veinte minutos largos en ponerse a trabajar de verdad. Termina un par de informes con desgana, sin prestar atención a los detalles, y se los envía al idiota que tiene por superior. No espera a que le responda, porque lo hará con correcciones, y se va a tomar algo. Se aprieta el puente de la nariz y resopla al mover su portentoso cuerpo hacia la salita de descanso. En el oscuro habitáculo con moqueta, el gilipollas de Zhurk’o Partebokas, del equipo de Terrenos, le dice que tiene mala cara. Borlar amaga un mordisco en su dirección mientras se sirve un té con extracto de setas festivas.

Lanavajas Aska, que es así como se llama la novia de J’ailah, es todo lo zafia, taimada y traicionera que una duendecilla del bosque puede ser. Borlar sorbe su té sonoramente. De nuevo, su cerebro se estruja en un esfuerzo soberbio. El problema no es que sea una duendecilla, joder. Una nueva idea se abre paso desde las profundidades de su enorme cráneo hasta las capas que conforman el pensamiento consciente, y entonces comprende que la inquietud que le atenaza el corazón no es el amor que profesa su hija hacia Aska sino la filiación política de la novia. En otras circunstancias se habría mosqueado menos, pero es que (he aquí el problema, ahora lo comprende todo) resulta que Lanavajas Aska está metida en política, y no en cualquier partido: es militante de Masacremos.

Borlar vuelve a su puesto. El jefe ha respondido a sus informes, pero decide no abrir todavía el correo. Sabe que habrá correcciones, cambios y reproches, y no le apetece enfrentarse a ello. Allí lo deja, marcado sin leer, y el chute de azúcar combinado con la ansiedad le cierra el estómago. Se mete en una página de noticias al azar para intentar pensar en otra cosa que no sean números y filas y columnas y archivos y peticiones y contrapeticiones. Pero… ¡qué mala suerte! En lugar de descansar la mente, la portada del primer digital que visita le golpea como una maza en la sien: Masacremos, Masacremos, Masacremos. Masacremos esto, Masacremos lo otro, adónde vamos a llegar con Masacremos, fíjate lo que propone Masacremos, columna de opinión, dos puntos, ¿deberíamos masacrar a Masacremos?

Cierra la página.

El idiota de Zhurk’o había sacado el tema un par de días antes, salpicando al resto de baba negra con cada carcajada atronadora, a la hora de comer.

—Pero, ¿qué se creen? ¿Masacremos? ¡Si van llevan duendecillos en las listas! ¡Ogros con duendecillos! ¡Los duendecillos que voten a otros duendecillos, hostias! ¿Sí o no? ¡Frol, tú tienes que estar hasta el gorro de esos minicabroncetes! ¿No te jode especialmente que ahora puedan presentarse a Diputados?

Trinchadora Frol había luchado hacía muchos años en las Guerras de las Vides contra hordas de pequeños duendecillos del bosque, antes de que se impusiese la tregua de la Firme Quietud, y antes incluso de que Zhurk’o hubiese tenido edad, músculos o agallas para tratar de matar a nadie. Las secuelas son visibles: síndrome de estrés post traumático, tuerta (había rechazado el ojo de cristal porque en su época no eran tan comunes ni estaban a la moda) y una recia pata de palo que atronaba los pasillos de la oficina a cada paso. Taciturna, era difícil sacarle más de dos frases seguidas.

—Y a mí qué.

Zhurk’o pasa de la veterana, vuelve a escupir y se dirige entonces a Borlar.

—Tú qué, Borlar. Con esa pinta que tienes de intelectual no me extrañaría que te pareciese bien que se mezclasen duendecillos con orcos; ogros con trols. Venga, no me jodas. ¿Qué somos ahora? ¿Humanos?

—No estoy para hostias, Zhurk’o.

—Ni tú ni nadie, cachondo. ¿Has oído lo que han dicho? ¡Quieren cerrar las plantas de pulsión demoníaca y abrir centrales solares! ¡Como si fuésemos elfos! ¡Serán hippies de los cojones!

En realidad, a Borlar le parece bien que se cierren las plantas de pulsión demoníaca. Le da respeto, no es miedo, es respeto, pensar en una explosión de malignidad capaz de liberar seres de otra dimensión con el ímpetu, el rencor y los conocimientos de magia negra como para acabar con una ciudad como Bujeronegro en una fracción de segundo. La energía solar no solo es limpia, sino además es que está ahí mismo, en el cielo. No hay que llevar a cabo ninguna invocación capaz de derretirte la carne si te equivocas en una sílaba para obtenerla. Por supuesto, con el auge de Masacremos, ciertas posturas no pueden esgrimirse tan a la ligera para que no te asocien con el partido. Se empieza por las centrales solares y se acaba prohibiendo la venta de rifles y machetes a los Reinos del Sur. Nadie querría eso, ¿verdad? ¿O sí?

—Lo que tú digas, Zhurk’o—, gruñe, y se vuelve a su sitio.

Antes de sentarse, oye a la Trinchadora decir que a ella también le parece bien usar la energía del sol, pero desconecta cuando Zhurk’o responde a berridos.

…Continuará

Las penas del viejo Borlar: entrega 1

DOMINGO

Borlar Kedrantagüesos está angustiado. Nota los domingos más grises, el revuelto de setas menos sabroso y la lluvia más ácida. Piensa que es por la edad, que no se cumplen cincuenta años todos los días. Luego se da cuenta que ya roza los ochenta, la flor de la vida, y que los cincuenta los llevó muy bien en su día. No es miedo a envejecer. Tiene que ser otra cosa.

Cuando el bajón se vuelve muy profundo, su cuerpo, temible máquina de matar bien engrasada, reacciona chutándose adrenalina. Se vuelve más rápido, más fuerte, más resistente, una suerte de reflejo de belicosos tiempos pasados que ya no volverán. Se desfoga bramando. No necesita estar listo para la batalla, se recuerda a sí mismo. Ahora vive en paz en un chalet de tres plantas con el resto de su clan. 

Hace muchos años que los ogros no guerrean; ahora trabajan en oficinas y la pena de muerte se aplica sólo después de un proceso judicial con garantías y por el método del combate a muerte regulado por ley, que siempre te da una oportunidad de autoamnistía por vía sangrienta. ¡Ah, maravillosa civilización! Borlar sabe que no es la proximidad de un estallido de violencia física lo que desajusta sus humores. Eso le desconcierta, porque sería la respuesta más sencilla a su problema de ansiedad. La presión que siente en el pecho tiene otro origen, lo que pasa es que le cuesta ponerle nombre.

LUNES

Borlar despierta con la cabeza abotargada. Revienta el despertador con un portentoso puñetazo que parte por la mitad la mesilla de noche. Durmió mal. Soñó con elfos de ojos brillantes y cuchillos afilados acechando entre los setos ornamentales de su jardincito. No desayuna con el resto del clan y apenas mira a los ojos a su hija J’ailah cuando ella le desea un puñetero buen día. Sale del chalet con una nube negra en la cabeza, tan distraído que se sube al autobús que no es. 

Llega tarde a la oficina y su jefe le ruge, y en lugar bramar a modo de respuesta, Borlar gruñe por lo bajo. Su jefe se sorprende, porque es un empleado ejemplar y nunca antes había agachado la cabeza ante una bronca. Borlar suele responder voceando bien alto, como está mandado. Hoy, por extraño que parezca, suspira frente al computador. Las placas solares transportan la savia eléctrica que inicia el equipo pero no mira a la pantalla sino a un punto indeterminado por encima de ella.

El jefe se rasca la cabeza con una uña gruesa y negra, desconcertado. Le observa con atención y se pregunta si no debería avisar al departamento de Empleabilidades. Decide darle una pequeña tregua, unos días de cortesía, por si le ha pasado algo en el clan. Borlar pasa una semana en ese plan, llegando tarde a la oficina, apagado y ausente, pero al final nadie se lo echa en cara porque cuando trabaja lo hace con una fuerza, un odio y una eficiencia pocas veces vista en las oficinas de Hacha&Negra Consultores. Será la adrenalina, piensa el jefe, que se queda más tranquilo cuando ve que al bueno de Borlar le tienen que cambiar el teclado partido por la mitad hasta tres veces en un solo día. Un trabajador productivo es un trabajador productivo, y si el trabajador productivo está enfermo pero produce, ¿a quién le importa? Al jefe, desde luego, no.

…Continuará.

Entrega 2

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