Don Domingo de Calabarata y Albiz murió tres días después de la fundación de su propia Compañía, bautizada sin remilgos Las Espadas de don Domingo.

Viéndose a sí mismo como un héroe de leyenda, sabedor de que merecía por derecho propio el éxito que se escondía en la Torre del Climomante, se condujo sin saberlo, cabeza alta y ojos brillantes, directo a una sencilla trampa oculta en un sinuoso pasillo. El ingenio técnico, un suelo falso que descubría un foso lleno de estacas cuando soportaba el suficiente peso, funcionó a la perfección y segó la vida del hidalgo en un visto y no visto.

Las restantes Espadas de don Domingo dieron la empresa por finalizada. Ni la bruja Varla ni Dácil, Guerrera del Arcoíris, tenían mayor interés en promesas de fortuna y prestigio que podrían desembocar con tanta facilidad en una muerte prematura. ¡Seguidme!, les había dicho el guerrero, ¡seguidme, mis audaces compañeras! ¡Pronto recorreremos las entrañas de la Torre! Reclamaremos el tesoro del Climomante desaparecido, pues lo que no es de nadie pertenece a los corazones valerosos que se decidan a tomarlo para sí, a las meritorias que destacan por encima del resto. Y recordad que si me caigo, me levanto. Cada fracaso es una nueva oportunidad. ¡El éxito es para los audaces! Pero con don Domingo en el hoyo desaparecía el jornal que recibían, único motivo de su pertenencia a la Compañía. Cuando se encontraron de nuevo bajo el cielo azul, sellaron su amistad con un abrazo. Vivieron aventuras libres de vanas promesas y líderes impetuosos.

Años después, con Dácil convertida en posadera y Varla en parroquiana habitual, mientras compartían vino aguado y aceitunas, cada una en su lado de la barra, don Domingo de Calabarata y Albiz abrió la puerta y entró en la sala común.

Redivivo, oliendo a cripta, los intestinos negros colgando y los ojos devorados por alimañas, renqueó hasta un taburete al que se encaramó con dificultades. No hubo una sola cabeza que no dejase en hiato su conversación o su pitanza para girase a mirar. Don Domingo desenvainó su espada, verde y marrón de oxidada, que alzó con toda la majestuosidad que los tendones corroídos le permitían. Dácil echó mano de su sable, solo por si acaso, y entonces el muerto viviente empezó a hablar, y su voz recordaba al viento de las tormentas.

—Contemplar desde dentro los secretos de la Medina Hundida es una gesta digna de los más aguerridos aventureros, emprendedores sin miedo a lo desconocido. ¡Os hablo ahora a vosotros! ¿Quién me seguirá? ¡Seguidme! ¡Seguidme, mis audaces compañeros! ¡Pronto recorreremos las calles malditas de la Medina! Reclamaremos el tesoro del califa desaparecido, pues lo que no es de nadie pertenece a los corazones valerosos que se decidan a tomarlo para sí, a los meritorios que destacan por encima del resto de las mujeres y los hombres mundanos que se conforman, tristes y anodinos, con lo que tienen. Y recordad que si me caigo, me levanto. Cada fracaso es una nueva oportunidad. ¡El éxito es para los audaces!

Un gusano blanco bailaba entre los dientes podridos.