Uno de mis relatos favoritos del escritor polaco de ciencia ficción Stanisław Lem es ese en el que encargan a Ijon Tichy descubrir qué ha pasado con un computador superavanzado: se ha rebelado contra sus creadores, fundando un planeta exclusivamente habitado por robots hostil, por supuesto, hacia la humanidad.

La gracia está en que cuando Tichy llega al planeta, y después de varias peripecias, descubre que los robots que habitan dicho planeta son, en realidad, humanos que han ido ocultándose del computador, disfrazándose de robots para evitar represalias. En su afán de pasar desapercibidos, son temiblemente beligerantes contra los seres humanos, más papistas que el papa eléctrico. Al final, por supuesto, se descubre que el tiránico ordenador antihumanos original es, desde el principio… un humano.

El cuento es muy divertido y tiene mucha más punta que sacar que este escueto resumen, pero me quedo con esa parte porque pienso mucho en ello cada vez que leo o escucho cosas sobre “algoritmos” o “bots”, esos entes casi abstractos, “cosas”, que protagonizan titulares día sí y día también: los algoritmos nos van a quitar el trabajo, los algoritmos hacen que los niños vean vídeos nazis en Youtube, el partido político españolísimo Ciudadanos tiene un ejército de bots en Twitter para que parezca que son más de los que realmente son

¡El pan nuestro de cada día!

Este texto que estás leyendo bien podría tratar sobre que hay que pedir cuentas no a los bots y algoritmos sino, como en el cuento, a quienes están detrás de ellos, a quienes los han creado y a quienes se ocultan tras fórmulas matemáticas para no asumir consecuencias de sus actos.

Pero va a tratar sobre otra cosa.

Pesca de arrastre con redes sociales

No seré yo quien diga que los chavales de ahora es que están tontos con tanta pantallita, pero tampoco voy a dejar de decir, todo lo alto que pueda, que las redes sociales están desarrolladas para que nos resulten adictivas y, en consecuencia, tienen grandes probabilidades de machacarnos la salud y lo que no es la salud.

Si quieres fuentes sobre esto, tienes todas las que quieras.

Por supuesto, las redes sociales también han ayudado a gente.  Es innegable: grandes iniciativas han surgido de ellas, se han salvado vidas, y miles y miles de personas con dificultades para establecer relaciones han logrado hacerlo gracias a usar Twitter o Facebook para unirse con otras a miles de kilómetros.

Podríamos describirlas como la forma avanzada (o sea, posterir en el tiempo) de las relaciones epistolares. ¿Por qué no? Sin embargo, todas esas repercusiones positivas son daños colaterales. “Bugs”, por así decir. Las redes sociales pueden ser estupendas, pero la idea que manejan a día de hoy los desarrolladores y altos cargos, últimos responsables, de las redes sociales más exitosas no es esa. No quiere crear herramientas para ayudarnos, aunque todo su marketing y relaciones públicas se basen en esa premisa; lo que buscan ahora mismo es que pasemos el máximo tiempo en sus aplicaciones, para que así hagamos click en los anuncios.

Que hagamos click. En los anuncios.

Click.

En los anuncios.

Click.

En anuncios.

No hace falta trabajar en una agencia de marketing, que también, para darse cuenta de la invasión de anuncios y propaganda en cualquier red de mínimo éxito. Además, como con los medios de comunicación, parece que usamos diferentes apps pero, al final, todas pertenecen a las mismas (pocas) personas.

“Estamos construyendo una distopía a base de intentar que la gente haga click en anuncios” – Zeynep Tufekci

Las implicaciones que tienen estos “modelo de negocio”, como lo llaman ellos, son muchas. El vídeo que incrusto aquí es perfecto para explicar una de ellas. Si tenéis tiempo, os recomiendo verlo y leer a esta pensadora.

Si no tenéis tiempo, nos podemos quedar con el primer comentario que le han dejado: “People wonder why the political environment has been so polarized recently. It’s just a result of our online business models. Business is now the enemy of mankind, for it may bring upon our demise”.

La gente se pregunta por qué el ambiente político se ha polarizado tanto en los últimos tiempos. Es, simplemente, el resultado de nuestros modelos de negocio online. Los negocios son el enemigo de la humanidad ahora, porque pueden traer nuestra perdición

-SirMikeys en Youtube

Efectivamente, SirMikeys, pero yo aún diría más: no son “los negocios”, o por lo menos no son tan solo los negocios. Hacía referencia al principio de este artículo al ejército de bots de cierto partido político que juega a la polarización aunque luego dicen que no son ni de izquierdas ni de derechas, sino de C’sentro (comercial).

Seres humanos del mundo, ¡uníos!

¡Vaya panorama!

Para el común de los mortales, combatir en igualdad de condiciones esta Guerra de los Clones es una quimera. Como a Ijon Tichy, se nos plantea un problema a todas luces desconcertante, con todas esas cosas incomprensibles operando ante nosotros sin que siquiera podamos comprender su naturaleza.

Y nos da ansiedad, o la apatía sustituye cualquier tipo de iniciativa, porque “no se puede hacer nada”, “todo está perdido”. Como si los agentes del mal no fuesen también humanos (con un flujo de pasta y poder mucho mayor que el nuestro, eso sí).

Es absolutamente imposible conseguir la financiación que tiene un partido político de extremo C’sentro o jugar a “ganarle a Google” cuando cambia a placer y sin previo aviso las fórmulas que hacen que posicione y me recomiende vídeos de voces antifeministas porque he estado viendo vídeos de Anita Sarkeesian.

Además, el feed de Twitter o Facebook al que estamos enganchados no ayuda nada: las plataformas premian el salseo. ¿Piensas que se puede evitar que la gente cite tuits socarronamente? ¿Podremos tener debates sosegados algún día? ¡Claro que sí! ¡Ojalá nos escuchasen! ¡Twitter debería dar marcha atrás y desactivar esa funcionalidad que lo único que consigue es exponer a quien dice loque sea! Pero seguramente se habrán dado cuenta de que genera engagement, así no lo hará. Hale, a ver solo malísimas noticias, flames y al brasas de “Arden las redes” opinar sobre cualquier cosa, que es lo que da RTs y “genera conversación”. ¡Lo siento!

No os voy a decir que hay qué es lo que hay que dejar de hacer o qué es lo que hay que hacer, pero sí me gustaría señalar que hay otros mundos pero están ahí fuera, y os aseguro que Ijon Tichy no se convirtió en un robot para derrotar a los robots. En realidad, estas casi 2.000 palabras no las estoy escribiendo para ti, que me lees, sino primero para mí, porque necesito ponerme un poco en orden algunas ideas y, luego, si ves que algo te cuadra, entonces sí, es para ti.

Obviamente, las redes sociales sirven para cosas. Distintas cosas. También hay otra serie de cosas que sirven para otras cosas y no tienen lógica de tragaperras, ni están llenas de bots Ciudadaners. Se me ocurren, por ejemplo:

  • Cuando hay un deshaucio y la PAH lo anuncia por redes sociales, en lugar de hacer RT (o además de) puedo pasarme a echar una mano.
  • Lo más probable es que no pueds hacerlo porque tengo que trabajar y los deshaucios pillan lejos, pero no pasa nada, la PAH o el Sindicato de Inquilinas quedan también por las tardes y puedo ir a echar una mano con lo que necesiten.
  • A lo mejor no tengo ni idea de tema de vivienda y (todavía) no me afecta, pero no pasa nada: cuando hay festivales como el AnsibleFest, que están marcando la tendencia,  voy a disfrutar de ellos.
  • Si el AnsibleFest me ha pillado muy lejos de Bilbao, no pasa nada: puedo hablar de ello a mis allegados, sobre todo aquellos que no sabían que existen los festivales feministas de ciencia ficción. ¡Así doy a conocer espacios nuevos, donde pensar de forma diferente!
  • A lo mejor no me gusta la ciencia ficción pero sí otro tipo de lecturas. Pruebo a apoyar a autoras emergentes y autoras consolidadas comprando sus libros en lugar de seguir apostando por los mismos autores de siempre.
  • Tampoco hace falta leer si no quiero, o no me gusta. Dejemos de lado la cultura: a lo mejor vale con que vaya a alguna manifestación que crea importante, por ejemplo por la sanidad o la escuela pública, o la manifestación feminista del 8 de marzo, o ahora que lo tenemos cada vez más presente, contra el cambio climático.
  • Si no quiero o no puedo hacer eso, siempre puedo ir a votar, que es una cosa que no suele suponer un gran esfuerzo. Hay partidos ahí fuera que no son Vox, y no va a ser mala cosa que Vox quede fuera del Parlamento.
  • Si no tengo edad o no creo en la democracia vía voto-cada-cuatro-años, no pasa nada: votar es una cosa que se hace un par de veces cada 4 ó 5 años. Puedo apuntarme a alguna asociación de vecinos en el barrio y ayudar a la gente joven y a la gente mayor que vive junto a mí.
  • Hay muchas iniciativas estilo Asociaciones Vecinales. ¡Me informo y hago de mi barrio un sitio mejor!
  • A lo mejor socializar se me hace bola, y es comprensible. Siempre puedo ir a casa de tus padres de vez en cuando y conversar con ellos de los temas que les preocupan, para que su única fuente de información sobre qué pasa en el mundo no sea la Cope o La Sexta.
  • ¿Paso mucho tiempo en el trabajo? ¿He pensado en hablar con mis compis y ver cómo podemos tratar de mejorar nuestras condiciones? ¡Se ha conseguido muchas veces antes! ¡Por qué no intentarlo!
  • Sigo usando redes sociales, ¡por supuesto! Sirven para unir, y lo que ha unido Internet que no lo separe un post random (en el mismo internet).
  • Tampoco hace falta que haga nada activamente todo el rato, pero si veo que alguien es racista en el metro, podría llamarle la atención. Un mínimo, ¿verdad?
  • Si eso me parece arriesgado, seguro que se me ocurre alguna forma de hacer que el mundo sea un poquito menos malo de lo que es ahora mismo para todo el mundo.
  • Y una cosa que me ayuda mucho: siempre miro a ver, porque hay mucha gente intentando hacer cosas buenas y eso me pone de buen humor.

Si te fijas, casi todas las propuestas anteriores tienen que ver con relacionarnos activamente, de un modo o de otro, con la gente de nuestro alrededor; de hacer piña y tirar palante, de ayudar aquí y allá, de volver a algunas cosas básicas que a veces se olvidan, cosas que no pueden hacer los bots, ni los algoritmos, porque ni los bots ni los algoritmos nos van a salvar (¿Tecnooptimismo? ¡No, gracias!), pero, con un poco de suerte, tampoco serán quienes nos condenen.

En realidad, también puedo no hacer absolutamente nada de lo anterior. Al fin y al cabo, ¿qué impacto tienen las decisiones y acciones personales individuales? Ante esta pregunta, solo me queda recordar a un chaval joven, que estaba empezando: Frodo Bolsón (y Gollum, claro), que era el más insignificante de todos y sin embargo el camino que recorrió fue decisivo… y no lo recorrió solo, sino con ayuda de sus amigos.